PREGUNTA 32
En el marco de un taller de lectura literaria, una docente propone a sus estudiantes de quinto grado leer relatos breves. A continuación, se presenta uno de los textos que están leyendo:
Érase una vez un gran jurisconsulto que, habiendo oído grandes elogios de otro de su mismo oficio que vivía en distinta ciudad, se puso en camino para ir a verlo y comprobar si aquella fama de que gozaba era o no justificada. Apenas se apeó del caballo, sin siquiera mudarse las botas de montar, se presentó en casa del famoso colega.
—Yo, señor mío, vengo a discutir el derecho, que tengo por cierto, de que me pertenecen todos los muebles que vuestra señoría tiene en esta casa.
A lo cual el otro, sin vacilar un instante y aunque recordaba perfectamente que su buen dinero le había costado mandarlos a hacer, repuso:
—¡Oh, señor, por favor! Vea si no habrá medio de venir a un arreglo antes que meternos en un litigio, que yo, por mi parte, no sería difícil de contentar.
—¡Basta! —concluyó el forastero—. Ya no necesito más para convencerme de cuán merecida es la gran fama de sabio tiene vuestra señoría.
Durante el diálogo sobre el texto, la docente tiene como propósito que los estudiantes identifiquen los recursos literarios que aportan a la construcción de interpretaciones sobre el sentido global del relato. ¿Cuál de las siguientes acciones pedagógicas NO es adecuada para ayudar a los estudiantes a lograr dicho propósito?
Preguntar qué efecto genera en el lector que el famoso colega busque intencionalmente evitar un litigio.
Solicitar que, a partir del diálogo de los dos juristas, expliquen cuál es el carácter de cada uno de ellos.
Pedir que comenten por qué creen que el relato comienza con la expresión “érase una vez”.
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