PREGUNTA 30
En el marco de un taller de lectura literaria, una docente propone a sus estudiantes de quinto grado leer relatos breves. A continuación, se presenta uno de los textos que están leyendo:
Érase una vez un gran jurisconsulto que, habiendo oído grandes elogios de otro de su mismo oficio que vivía en distinta ciudad, se puso en camino para ir a verlo y comprobar si aquella fama de que gozaba era o no justificada. Apenas se apeó del caballo, sin siquiera mudarse las botas de montar, se presentó en casa del famoso colega.
—Yo, señor mío, vengo a discutir el derecho, que tengo por cierto, de que me pertenecen todos los muebles que vuestra señoría tiene en esta casa.
A lo cual el otro, sin vacilar un instante y aunque recordaba perfectamente que su buen dinero le había costado mandarlos a hacer, repuso:
—¡Oh, señor, por favor! Vea si no habrá medio de venir a un arreglo antes que meternos en un litigio, que yo, por mi parte, no sería difícil de contentar.
—¡Basta! —concluyó el forastero—. Ya no necesito más para convencerme de cuán merecida es la gran fama de sabio tiene vuestra señoría.
Como parte del diálogo sobre el texto, los estudiantes comentan a la docente que el narrador deja entrever cierta postura sobre el quehacer de los abogados. En este contexto, ella les pide que expresen a qué postura se refieren. Considerando una interpretación adecuada del relato, ¿cuál de las estudiantes identifica dicha postura?
Ana dice: “Creo que la postura que el narrador quiere dar a entender es que algunos abogados toleran la mentira, con tal de lograr lo que se proponen”.
Brunela dice: “Pienso que la postura que el narrador quiere dar a entender es que algunos abogados se enfrentan a cualquier litigio porque saben que lo ganarán”.
Claudia dice: “Parece que la postura que el narrador quiere dar a entender es que algunos abogados pueden dudar ante situaciones que ponen en riesgo su reputación”.
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